Pere Portabella de Rubén Hernández

Que el cine ha sido una de las simientes de algunos de los mejores textos del siglo pasado es algo que todo buen aficionado a la literatura y al cine conoce. Lo que no es tan común es que la difusión de esos textos proceda de una editorial dedicada, sobre todo, al pensamiento. Las editoriales que, tradicionalmente, han publicado textos profundos y con sustancia sobre el cine han sido Plot, dedicada casi por entero a libros de este tema; Paidós, con una colección dedicada también por completo al cine, pero siempre dentro de un catálogo amplísimo -conviene recordar que se trata de una “multinacional” con sede en tres países-; y alguna cosa en Cátedra, pero siempre enfocada desde la perspectiva docente, la de publicar textos de referencia para ser usados como manuales. Y, casi siempre, la visión de estas colecciones ha tenido que ver con la historiografía del cine, algo muy cercano a esas charlas que provocaban bostezos y que presidía Garci en la dos.

Por eso resulta especialmente interesante la labor de una editorial pequeña, nueva, situada al margen del mercado editorial, que está demostrando un criterio muy sólido a la hora de elegir títulos para su catálogo: Errata naturae. En especial dentro de una colección, Los polioftálmicos, dedicada al pensamiento generado desde el cine. La abrieron con un intensísimo texto de Jean Luc Nancy sobre el cine de Abbas Kiarostami: La evidencia del filme, y la continúan ahora con otro texto atinadísimo: Pere Portabella, hacia una política del relato cinematográfico, cuyo autor es uno de los editores del sello, Rubén Hernández.

Se podrían decir muchas cosas buenas de este libro. Que aúna con especial habilidad la erudición con la exposición clara y directa, que está escrito con soltura y se lee con mayor comodidad aún, y que postula un ramillete de ideas interesantísimas sobre el cine que pueden ser, fácilmente, extrapolables a toda narración, sea ésta del tipo que sea.

No está de más, en un momento donde el cine se ha convertido en una sala oscura donde los chavales van a meterse mano, donde entre palomitas y chocolatinas uno tiene la sensación de estar en una barraca, y por cuya pantalla suelen desfilar banalidades de una estolidez desesperante, no está de más recordar que el cine puede ser, y es cuando hay voluntad de ello y calidad para hacerlo, un instrumento de pensamiento y de aprehensión de esa cosa abstracta y cambiable que llamamos vida.

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