El solterón

Vamos a citar a los Petersellers. En una de sus canciones dedicada a The Ramones, decían que el secreto del grupo neoyorkino radicaba en que todas sus canciones se parecen y todos sus discos son iguales que el primero. De alguna manera se podría decir más o menos lo mismo de Adalbert Stifter. Todos sus libros son más o menos iguales, hablan de lo mismo y con los mismos elementos, y siempre desde una sencillez y honestidad envidiables. Quizás por eso todo lector de Stifter se engancha y no lo suelta hasta que lo ha leído todo. Como el año pasado tuvo la oportunidad de disfrutar de toda una sobredosis: Brigitta en Bartleby, Verano tardío en Pre-Textos (por cierto, no sé por qué no se tradujo como el Veranillo de San Miguel, que es el nombre castizo), Abdías en Nórdica y El sendero del bosque en la propia Impedimenta, don Enrique Redel ejerce de camello con conciencia y le entrega a sus lectores una nueva dosis. Sí, un nuevo cuelgue de los que tanto te gustaron, no sé de qué narices te quejas. Al menos así pasará tiempo hasta que vuelva el mono, ¿no?

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